La verdad nunca se apaga

La columna vertebral de todo medio de comunicación la constituyen sus editoriales, es decir los principios y opiniones que sustentan y defienden sus editores. En el caso de “Oiga”, la sección editorial tuvo siempre una expresión clara y rotunda, no solo enjuiciando sino dando alternativas. La búsqueda de los ¿por qué? Siempre preocuparon a Igartua y sus colaboradores, sin dejar de lado –por supuesto- el ¿qué?, ¿quién?, ¿cómo?, ¿dónde? y ¿cuándo? que configuran al buen periodismo. Las palabras, como las promesas, suelen ser efímeras en boca de algunas personas; los editoriales de Oiga, en cambio, permanecen aún incólumes, vigentes, con la plenitud de su carga testimonial para incomodidad de muchos protagonistas de la escena política, porque si bien Igartua ya ha muerto su palabra aún vive.

lunes, 10 de agosto de 2009

FRANCISCO IGARTUA - EDITORIAL - RESPONSABILIDAD HISTÓRICA DE BELAÚNDE Y BEDOYA - Revista Oiga

DICEN los entendidos que no somos una sociedad violenta y, para probar lo dicho, comparan al Perú con Colombia, El Salvador, Guatemala. Comparación de la que, según ellos, salimos más o menos bien parados. Pero lo cierto es que, al margen del discurso dialéctico, la violencia crece y crece en las distintas regiones del Perú. Hay cada vez más tensión en las relaciones personales de los habitantes de este país, la intemperancia pasa con facilidad de las palabras a la acción y, conforme transcurre el tiempo, el hecho terrorista se va extendiendo como mancha de aceite por la integridad del territorio nacional. Por todos lados se oye el trotar, de la violencia.

La semana que pasó, con dos criaturas de cuatro años puestas al borde de la muerte por culpa de un cochebomba, entre apagones y sangre, puede prestar testimonio de lo errada que está la tesis del Perú como símbolo de gente pacífica y tolerante. Sin embargo, la violencia terrorista, con todo el horror que la acompaña, está lejos aún de significar un peligro inmediato para el Estado peruano. Es, eso sí, una pesadilla de la que no será fácil deshacemos mientras no hallemos un método eficaz para combatir al terrorismo; mientras los terroristas no cuenten con aliados en los políticos del gobierno -amigos entusiastas de la lucha armada en otros países- y en no pocos representantes de la Izquierda Unida, imposibilitados de entender que es absoluta la incompatibilidad entre democracia y terrorismo; mientras no se haga gobierno una democracia firme, sin concesiones a la demagogia.

Pero, con pesadilla o sin ella, entre petardos, apagones y sangre, el Perú ha de seguir su marcha. Y ya es hora de ir pensando en las elecciones de 1990, que están a la vuelta de la esquina, sobre todo para los sectores del centro democrático, todavía dispersos, desorientados e incapaces de asimilar la lección de las elecciones del 85 y las municipales recientes.

Sobre el tema, descarnadamente, vamos a hablar a continuación. Vamos a explicar por qué es insensato, por qué será un impío acto de suicidio el que vaya dividido a las elecciones el centro democrático; y por qué sigue siendo valedera la fórmula que lanzó OIGA, sin éxito, en las elecciones del 85: para ganar se necesita algo más que la alianza AP-PPC.

En las últimas semanas viene circulando un comentario del presidente Alan García que no puede ser más ajustado a la realidad. Y conste que el presidente, por errores que exhiba en diversos terrenos, es un eximio animal político, de olfato casi infalible. Un analista fuera de serie, cuyos aciertos políticos, así como su descomunal habilidad para encandilar a las masas, no son producto de magia o casualidad.

Alan García, según esos muy confiables rumores, ve así las elecciones del 90: El Apra no contará con un buen candidato y le será imposible remontar el desgaste de ser gobierno -él sí podría volver a llevar al partido a la victoria-; el centro es lo bastante ciego para no darse cuenta de que sólo unido puede aspirar al triunfo y esa ceguera hará que se presenten Belaúnde y Bedoya, por lo que el centro va perdido sin remedio; será, pues, Barrantes el candidato con mayor opción, si se desprende de su extrema izquierda. Que es, por otra parte, lo que está tratando de hacer el habilísimo ex alcalde, además de sonreírle a la clase media y de tranquilizar a los inversionistas y a los militares.

¿Será irreversible este pronóstico? ¿No tendrá remedio el fatalista dicho antiguo de que los dioses ciegan a quienes quieren perder? ¿La experiencia y más la experiencia reciente no sirve para nada, nada enseña?

No creemos que los dioses lleguen a tanta maldad ni que la experiencia sea inútil. Al contrario, estamos seguros de que los dioses serán benevolentes con el Perú e iluminarán la privilegiada mente del arquitecto Belaúnde, alentándolo a ejercer con majestad su patriarcado, a la vez que coronarán con laureles al doctor Bedoya, por su persistente coraje en defensa de la democracia y su indoblegable magisterio Cívico.

En otras palabras, el arquitecto Belaúnde -que ha alcanzado el sitial de reverenciado patriarca de todos los peruanos- y el doctor Luis Bedoya Reyes -el mejor y el más desprendido combatiente de la libertad que hayamos tenido-, deben comprender que, para ganar la batalla de las elecciones del 90 y de las municipales que las preceden, han de juntar fuerzas, no cediendo uno a favor del otro sino poniéndose los dos, activamente, al frente de una campaña cuyo premio ha de ser la consolidación de la democracia liberal y justiciera, el Perú próspero y socialmente desarrollado, por el que los dos han combatido desde siempre, sin dar ni pedir tregua. También les corresponde a los dos escoger al candidato de esa alianza que ha de ir más allá de Acción Popular y del PPC. La victoria del centro democrático está en manos de ellos. No dudamos que los dos alcanzarán la altura de su responsabilidad histórica.

1 comentario:

LIMAKO ARANTZAZU EUZKO ETXEA - LIMA BASQUE CENTER dijo...

DICEN los entendidos que no somos una sociedad violenta y, para probar lo dicho, comparan al Perú con Colombia, El Salvador, Guatemala. Comparación de la que, según ellos, salimos más o menos bien parados. Pero lo cierto es que, al margen del discurso dialéctico, la violencia crece y crece en las distintas regiones del Perú. Hay cada vez más tensión en las relaciones personales de los habitantes de este país, la intemperancia pasa con facilidad de las palabras a la acción y, conforme transcurre el tiempo, el hecho terrorista se va extendiendo como mancha de aceite por la integridad del territorio nacional. Por todos lados se oye el trotar, de la violencia.